Mauricio Macri y María Eugenia Vidal, entre la mística y el realismo

a fe casi religiosa en que Mauricio Macri dará vuelta las elecciones y arribará al ballottage, que distingue a funcionarios de la Casa Rosada, contrasta con el crudo realismo que se percibe entre dirigentes cercanos a la gobernadora bonaerense, María Eugenia Vidal.

Es cierto que las situaciones electorales que enfrentan el Presidente y la mandataria provincial son distintas. Macri puede esperar crecer unos tres puntos respecto de las PASO para superar los 35 puntos e ilusionarse con que Alberto Fernández caerá algo más de cuatro puntos para no llegar al 45% de votos que le permita obtener el premio mayor directamente en la primera vuelta. En la provincia de Buenos Aires, en cambio, no hay ballottage y la elección de gobernador se dirime por simple mayoría de sufragios, por lo que a Vidal solo le quedaría la alternativa de descontarle unos veinte puntos a Axel Kicillof, algo que, sin pruritos, hombres de su entorno califican como virtualmente imposible.

Pero las diferencias entre Macri y Vidal son también discursivas. Se advirtió anteayer, durante la inauguración del 55° Coloquio de IDEA en Mar del Plata, donde la gobernadora expresó que “venimos de años de no escucharnos”, dijo que “ese tiempo se terminó” y convocó a “un futuro sin grietas”.

El mensaje de la mandataria bonaerense pareció menos dirigido a los empresarios que la escuchaban que hacia el interior de su propia coalición política, donde dirigentes cercanos a Macri continúan alentando una estrategia polarizadora.

No son las únicas divergencias. Mientras hombres de la Casa de Gobierno, en coincidencia con Miguel Pichetto Elisa Carrió, insisten en que Alberto Fernández pudo haberse beneficiado hasta con cinco puntos más en las PASO como consecuencia de la insuficiente fiscalización electoral por parte del oficialismo, cerca de Vidal minimizan esa creencia y sostienen que la ventaja que pudo haber logrado el kirchnerismo por algunas maniobras fraudulentas es insignificante.

Más allá de esa discrepancia analítica, referentes de Macri en la campaña electoral no ocultan su entusiasmo por el éxito en el reclutamiento de voluntarios para fiscalizar los comicios: ya se habla de unos 170 mil, un número muy superior a los menos de 100 mil que presentó Juntos por el Cambio en las primarias abiertas del 11 de agosto.

La estrategia macrista para “dar vuelta” el proceso electoral y alcanzar la segunda vuelta para el 24 de noviembre pasa, en primer lugar, por infundir un poco de miedo al “vamos por todo” que popularizó Cristina Kirchner y que Macri intenta asociar simbólicamente con el “dedito disciplinador” de Alberto Fernández. “No queremos más deditos que nos disciplinen diciendo cómo tenemos que pensar ni cómo vivir. No queremos los prepotentes que se creen los dueños del poder”, afirmó el Presidente en sus últimos actos públicos.

El segundo paso de la estrategia del oficialismo es sacar partido de la confusión a la que dan lugar ciertas declaraciones del candidato presidencial del Frente de Todos, especialmente en temas impositivos y de Justicia. El anuncio de Fernández en el sentido de que procuraría recortar fondos coparticipables de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires para beneficiar al interior del país tomó por sorpresa hasta a su postulante a jefe de gobierno porteño, Matías Lammens, y fue festejado por el equipo de campaña de Horacio Rodríguez Larreta. En el debate presidencial que tendrá lugar este domingo, y en el que se abordará la cuestión de la calidad institucional y la transparencia, es probable que Macri haga referencia a recientes ataques que su rival lanzó contra jueces que han procesado a exfuncionarios kirchneristas y a la propia Cristina Kirchner.


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